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Monstruo

Hace mucho tiempo, en el lejano y poderoso reino de Mercia...

- Detente, viajero y torna a tu hogar pues un monstruo acecha este bosque.

Hablaba una joven ciega, de harapos negros y ceniza gris. Sentada en el hueco del tronco de un roble muerto, hablaba así a un caballero.

- En sus manos no hay dedos sino tres cuernos que cortan como dagas venenosas. En sus ojos no hay pupilas, ha perdido nariz y orejas y su piel es toda de sangre. Deja a las madres sin niños, persigue y mata a traición y roba a los hombres su alma.

Detente pues, viajero y torna a tu hogar, pues un monstruo acecha este bosque.

- ¿Cómo? -rugió el orgulloso guerrero-. ¿Habré yo de volver a mi hogar sin empuñar mi espada? Decidme señora, ¿dónde está ese monstruo?

- La bestia vive en el centro de este bosque. Después de una jornada descubriréis un lago. Seguidlo hasta que lleguéis a un puente. Tras ese puente hay una isla donde tiene su cubil. Pero os advierto, la espada puede vencerlo, pero no matarlo.

- ¿Qué queréis decir? -preguntó el caballero, hasto entonces invencible.

- El asesino está unido al lago. De él surgió y a él ha de volver. Podéis herirlo y vencerlo, pero renacerá. Sólo hay un remedio. Su cuerpo, debéis devolverlo al agua pero sin romper su superficie, pues si turbáis el lago volverá acrecentado.

- Muchas gracias, señora. No temáis.

El caballero, sin esperar respuesta, hincó las espuelas en su córcel y cabalgó al interior del bosque. Fueron pasando las horas hasta que cayeron las sombras. Siendo ya de noche, sin encontrar ni el lago, ni el monstruo, ni tener un plan, ató su caballo a un árbol y se escondió para dormir, como había aprendido a hacer en la guerra.

Al despertar fue a buscar a su montura, pero sólo encontró huesos y sangre. El árbol donde había atado el caballo estaba rajado desde la copa hasta la raíz y en su interior el monstruo había grabado dos palabras con sus garras: "Tú también".

Herido en su orgullo el caballero tómo su espada, pero inmediatamente la devolvió a su vaina. - No, -pensó-. Primero tengo que pensar en como derrotarlo.

Tras algunas horas encontró una solución que le pareció satisfactoria. Quemaría el puente y se escondería en el agua. Cuando el monstruo fuera a salir de su isla él le estaría esperando. Lo llevaría al fondo y lo mataría dentro del agua. Así, su cuerpo muerto no podría romper la superficie y la maldición quedaría rota.

Fue entonces caminando y hacia el mediodía descubrió el lago. Escondido acechó al monstruo y no viéndolo decidió ejecutar su plan. Recogió hierbas secas y, formando con ellas hatillos, siguió la orilla hasta que descubrió un hermoso puente de madera blanca.

Detrás estaba la isla y en ella, muy cerca del puente, seis estatuas de niños y seis estatuas de niñas, todos muertos y tristes. Extrañado, pero determinado a que nada le apartara de su plan, el caballero repartió los hatillos por el puente.

Entonces, justo cuando iba a prenderles fuego para destruir el puente de cada una de las estatuas salió un alma. El caballero se asustó y sacó su espada mientras las criaturas caminaban hacia él con pies de viento.

- Por favor, señor caballero -decían -. No rompáis este puente, lo necesitamos.

- ¿Quiénes sois y para que necesitáis este puente?

- Somos los fantasmas de los niños que el monstruo ha matado y este puente es mágico. Todas las noches de luna llena cruzamos este puente y vamos a visitar a nuestras madres en sus sueños. Sin el puente nos quedaremos para siempre atrapados en esta isla.

- Entiendo. Sin embargo he de matar al monstruo y para hacerlo tengo que destruir este puente. Lo siento mucho por vosotros y vuestras madres, pero así al menos no morirán más niñas ni más niños.

Dicho esto prendió fuego a los hatillos sin hacer caso a los lloros de los fantasmas de los niños. Entonces, sin esperar a que las llamas hicieran su trabajo, se quitó las botas, la armadura y casi todas sus ropas. Lo escondió todo menos un cuchillo y un tubo que le serviría para respirar. Finalmente se metió en el agua.

Media hora más tarde el monstruo apareció gritando su rabia al cielo mientras huían los fantasmas. El caballero oculto bajo la turbia agua del lago agarró su puñal. La bestia se acercó a la orilla. El hombre dejó de respirar; ni siquiera los peces notaban ya su presencia.

Un latido del corazón y entonces la bestia saltó al agua. El soldado se abalanzó sobre él, llevándolo hasta el fondo. Una puñalada, dos y otras tres más, todas por la espalda y la aberración quedó fría. Ni siquiera pudieron sus inundados pulmones lanzar un último rugido. El monstruo había muerto.

Muy orgulloso de sí mismo el caballero salió a la superficie. Recogió su equipo, se vistió y se marchó, sin ni siquiera despedirse de los fantasmas, pues se hacía tarde. A la mañana siguiente volvió a encontrar a la joven ciega de harapos negros y ceniza gris, sentada en el hueco del árbol.

- Detente, viajero y torna a tu hogar pues un monstruo acecha este bosque -volvió a decir la mujer como si nada hubiera cambiado-.

- No, tranquila, ya he acabado con ese bicho -respondió el hombre-. Eso sí, a costa de mi caballo, el muy canalla. Pero ya no hará más daño.

Sin embargo la mujer repitió las mismas palabras de su primer encuentro. - En sus manos no hay dedos sino tres cuernos que cortan como dagas venenosas. En sus ojos no hay pupilas, ha perdido nariz y orejas y su piel es toda de sangre. Deja a las madres sin niños, persigue y mata a traición y roba a los hombres su alma.

El caballero trató de convencer a la joven de su hazaña pero no lo logró. Entonces, turbado por la posibilidad de que el monstruo hubiera sobrevivido volvió corriendo al lago. Lo que allí encontró le maldeciría hasta el final de sus días.

Acercándose al lugar donde había dejado el cadáver miró a la calmada agua. Y vió como se transformaba. Antes sus ojos cayó su nariz, las orejas ya estaban en el agua. Sus dedos, por mucho que intentó separarlos, se juntaron en tres cuernos y su piel se tornaba roja como la sangre.

~ Miguel de Luis Espinosa

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